Nosotros los muertos

Par Sofia Ramos Mural

Partenariat avec le journal du campus de Poitiers

Me acuerdo que cuando era chiquita no le tenía miedo a los muertos. Mi papá me decía que cada 2 de noviembre venían a visitarnos, pero que como hacían un largo viaje para llegar hasta nuestras puertas, había que ponerles una ofrenda para convencerlos. Así que cada final de octubre nos preparábamos para que nuestros muertos degustaran el olor sus platillos preferidos, se embriagaran con el perfume de sus bebidas predilectas y jugaran con los petalitos del cempasúchil.

La llegada de nuestros muertos, de los espíritus que vienen a pachanguear en nuestra Tierra, era un día feliz.

Ahora los cementerios, silenciosos a falta de carcajadas y revestidos de anaranjado, huelen a ríos salados y a tierra seca.

Dicen que ya van más de setenta mil muertos en esta guerra… y cómo nos pesan. Y es que desde que empezó esta guerra encarnizada, los muertos nos visitan constantemente en sueños. El otro día soñé que los niños que me pedían su calaverita tenían las manos llenas de sangre y sus ojos fijos en mí, cómo si entre sus manos sólo hubiese dulces. Me desperté al darme cuenta de que estaban muertos.

En la plaza del Zócalo, hay un brujo llamado Rodrigo al que suelo frecuentar. Mientras le contaba mi sueño, mantenía el cejo fruncido y la mirada perdida.
“A estos muertos les llegó muy pronto la hora y no se quieren ir”, me decía, “están encabronados… no se quieren ir”.

Yo no soy la única que sueña a los muertos. A mi tía le mataron a su hijo hace poquito en una fiesta de cumpleaños, y no deja de soñar con él. Dice que lo sueña sentado en el patio, con las piernas cruzadas, la cabeza baja y el habla olvidada.

Y es que entre velas y colores, hemos ignorado a la muerte, carente de significado. Pues más que honrar a nuestros muertos, nos burlamos de ellos pintando calaveritas y pretendiendo recordarlos.
Ahora nos está costando olvidar, olvidar a los muertos para sólo recordarlos en su día. Rodrigo dice que los ve todos los días, y que cada día hay más. Que al principio eran menos y entraban a misa. Ahora son una horda que vagabundea por las calles abigarradas de vivos. Se burlan de nuestras ofrendas, nos dejan plantados en los cementerios y nos hablan en sueños.

No se van porque quieren que dejemos de ignorar la muerte para que empecemos a dejar de ignorar la vida. Estos muertos encabronados están haciendo la Revolución que nunca tuvimos. Nunca hemos sido muy sensibles a la tragedia del otro, pero nos encanta la venganza. Y a esto hemos llegado…

Me acuerdo que cuando era chiquita solía pasear sin problema, solía ir a las fiestas de cumpleaños sin miedo a ser tiroteada, y solía nadar en el mar sin temer que este, enfurecido, me escupiera los restos de un descabezado. Si yo fuera conformista, diría que las cosas estaban mejor antes y que hoy vivimos la decadencia, reposados y cómodos en un cénit de indiferencia. La verdad es que nuestra filosofía, por mucha pena que nos dé, nunca pasó de “él que no tranza no avanza”. La verdad es que el patriotismo nos dura sólo una noche y al día siguiente ni nos acordamos. La verdad es que detrás de las fiestas ruidosas y el calor humano hay una soledad infinita dentro de cada uno.

Esa soledad, que combinada con nuestra indiferencia a la vida (y a su continuación, la muerte) se ha transformado en una ráfaga de violencia imparable, que sale de nosotros y no sabemos cómo frenarla. Y las víctimas somos nosotros, somos los muertos.

Antes prefería despotricar sobre los poderosos que aceptar el miedo a mí misma. Mi gesto de amor patriótico era la crítica y mi frustración, un lamento de justicia.

Ahora me doy cuenta de que las hordas de muertos y las masas vivas recorren la ciudad con el mismo gesto, el mismo ritmo, el mismo llanto.

Porque todos cargamos con nuestra soledad e indiferencia, que es muerte, y seguimos caminando.
Ahora tengo miedo de mí misma.

Porque estoy muerta y dejé de ignorarme. Y ahora por fin, puedo aprender a vivir.

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